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    Albert Soboul . Historia de la Revolución Francesa -
    Historia de la Revolución Francesa - Albert Soboul



    Contexto:
    Estudios recientes sobre la Revolución
    Época: Revolución Francesa
    Inicio: Año 1789
    Fin: Año 1801


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    Bueno aqui tenemos una historia de la Rvolución Francesa por el reputado y finado historiador Albert Soboul.

    Antecedente:

    Revolución Francesa

    La Revolución francesa ha sido tradicionalmente considerada como un mito, como un fenómeno histórico de repercusión extraordinaria en todo el mundo y que verdaderamente contribuyó de manera sustancial a cambiar la forma de vida del hombre sobre la tierra. La Historia quedó dividida, desde que se produjo aquel acontecimiento, en dos fases: lo que ocurrió antes y lo que ocurrió después de 1789. Todavía, hace pocos años, el historiador francés Pierre Chaunu escribía: "La Revolución sigue siendo, después de dos siglos, la referencia privilegiada de nuestro pasado... el mito fundador de la nación". Eso explica la desmesura bibliográfica en torno a la Revolución francesa. Los diez años que duró han suscitado más bibliografía que los trescientos años de Monarquía. Todavía hoy, el año de su estallido disfruta de veinticinco o treinta veces más páginas dedicadas que cualquier año del siglo XIX o del siglo XVIII. La media de utilización de cualquier documento conservado es de quince o veinte veces superior para los diez años de Revolución que para el siglo anterior o posterior. Por si fuera poco, la reciente celebración del Bicentenario de la Revolución produjo tal abundancia de literatura histórica que difícilmente puede ser abarcada por un solo lector.Ahora bien, la historiografía sobre la Revolución francesa no sólo destaca por su sobreabundancia sino por la controversia que su interpretación ha suscitado siempre por parte de los historiadores de las diferentes escuelas e ideologías. En efecto, desde el mismo momento en que el fenómeno revolucionario fue tratado como objeto de análisis histórico -y eso comenzó a producirse el mismo año de 1789 cuando Lescène des Maisons publicó su Histoire de la Révolution Française- ha tomado una posición determinada, dándole interpretaciones diversas y, a menudo, contrapuestas. El hecho revolucionario de 1789 abrió, pues, desde el principio, un violento debate e inauguró agrias luchas políticas e ideológicas que se han prolongado durante décadas, e incluso durante siglos. Habría que hacer caso a Jacques Godechot cuando afirmaba que para conocer verdaderamente la Revolución habría que prescindir de tanta literatura histórica y acudir directamente a la documentación dejada por los actores y testigos de aquella gran época. Sin embargo, eso también resultaría imposible, pues el mismo Godechot reconocía que esa documentación era tan ingente (270 volúmenes de los debates de la Asamblea Legislativa, 90 de los Archivos parlamentarios, 30 de las Actas del Comité de Salud Pública, etc.) que resulta prácticamente inviable estudiar la Revolución con un "espíritu nuevo". Hay que recurrir necesariamente a los relatos existentes sobre la Revolución, de manera que, conscientemente o no, uno se impregna de la tendencia o de la posición tomada por los historiadores que anteriormente han abordado su problemática.Para comprender la Revolución francesa hace falta, pues, analizar el enfoque de los historiadores que la han estudiado. Pero resultaría imposible estudiarlos aquí a "todos" desde 1789. Por eso nos vamos a limitar al estudio de los que más recientemente han dado lugar a una de las controversias historiográficas más apasionadas de nuestro tiempo.Uno de los puntos más calientes en el que se centra la polémica de los historiadores es el de la unidad de la Revolución francesa, o la existencia de varias revoluciones superpuestas que se desencadenan con cierta independencia a partir de 1789.La primera de estas tesis, es decir, la de la Revolución francesa como una unidad en su conjunto, fue ya expresada claramente por Clemenceau en 1897, al considerarla como un bloque: "La Révolution est un bloc". Esta afirmación fue reforzada por la interpretación marxista, que veía en la Revolución una revolución burguesa-capitalista en la que la fase del terror formaba parte de ella como un componente necesario de la misma. Así pues, desde el punto de vista marxista, la Revolución francesa sólo podía aceptarse como un bloque. El representante más caracterizado de esta interpretación fue Albert Soboul, quien afirmó rotundamente que "La Révolution est bien un bloc: antiféodale et bourgeoise á travers ses péripeties diverses".La Revolución francesa es esencialmente, desde ese punto de vista, una revolución burguesa que sólo se explica en último término por una contradicción entre las relaciones de producción y el carácter de las fuerzas productivas. Ya Marx y Engels, en el Manifiesto comunista, habían señalado que los medios de producción sobre cuya base se había construido el poder de la burguesía se habían creado y desarrollado en el interior mismo de la sociedad feudal y que a finales del siglo XVIII, el régimen de la propiedad, la organización de la agricultura y de la manufactura no correspondían ya a las fuerzas productivas en plena expansión y constituían un obstáculo para la producción. "Hacía falta romper las cadenas. -escribían los autores del Manifiesto-. Se rompieron".Después de esta interpretación, autores como Jaurès y Mathiez vinieron a abundar en esta interpretación, de manera que el planteamiento de Albert Soboul, y aún más recientemente de Mazauric o Vovelle, no es enteramente original, aunque han acertado a formularlo con mayor rigor metodológico y con estilo más moderno.Los sostenedores de la otra teoría, lo que algunos llaman interpretación estructuralista de la Revolución francesa, parten de una abundante documentación con el deseo de llenar los vacíos existentes aún en la investigación, a pesar de la abundantísima bibliografía sobre el tema a la que ya se ha aludido más arriba. Su propósito es el de prescindir de los postulados ideológicos para llegar a una interpretación estrictamente científica con los métodos ejercitados en la resolución de cuestiones sobre historia social, económica, de las instituciones y de las mentalidades colectivas. En definitiva, lo que tratan estos historiadores es de objetivar la discusión científica utilizando un vocabulario adecuado a los testimonios de las fuentes; separando las interpretaciones retrospectivas y contemporáneas de la auténtica existencia de las ideas, acciones y acontecimientos de la Revolución y clasificando estas ideas, acciones y acontecimientos en el marco de la historia del siglo XVIII.Los historiadores más representativos de esta tendencia son François Furet y Denis Richet, de la llamada escuela de Annales, la revista de economía, sociedad y civilización, que fue fundada en 1929 por los historiadores Marc Bloch y Lucien Febvre y que contribuyó con eficacia a renovar la metodología histórica en las últimas décadas.A partir del análisis del proceso revolucionario, Furet y Richet llegan a la conclusión de que en 1789 surgieron paralelamente tres revoluciones diferentes: la de los diputados en Versalles, la de las capas bajas y pequeño-burguesas en las ciudades (como en París) y la de los campesinos. La Revolución fue, según estos historiadores, una revolución burguesa sólo en tanto que fue un arranque reformista liberal de las élites de los tres estamentos, un movimiento dirigido contra todo tipo de privilegios, que intentó el establecimiento de la igualdad y seguridad personal en la legislación. Pero afirman que eso no obsta para que se admita la especificidad de los movimientos campesinos y los movimientos urbanos. Cuando, una vez que se produjo el estallido de la Revolución de 1789, los movimientos campesinos y los de los sans culottes desarrollaron su propia dinámica, a partir de 1792, comienza para Furet y Richet el "dérapage" (deslizamiento) de la Revolución.Furet y Richet no ven en las luchas políticas de 1792-1794 el punto culminante de la revolución burguesa -como ocurre con la interpretación marxista-, sino una interrupción de la revolución burguesa, un intermedio innecesario y sin consecuencias para la evolución del siglo XIX burgués. Para estos dos historiadores, las luchas de esta época son luchas por el monopolio del ejercicio del poder entre agrupaciones políticas competidoras. Los "montañeses" buscaron el apoyo de los "sans cultotes" parisinos y de una parte del campesinado. En realidad, la lucha que esos montañeses mantuvieron con los "girondinos" eran enfrentamientos que carecían de una dimensión social más profunda. Todos los dirigentes de los grupos de la Convención procedían del mismo sustrato social, es decir, de la burguesía. Habían recibido la misma formación y pertenecían todos a profesiones burguesas intelectuales, predominando las jurídicas. Aunque algún historiador como Mathiez (Girondins et Montagnards, París, 1930) se esforzase en demostrar que entre girondinos y montañeses había un antagonismo social, porque -según ellos- los primeros pertenecían a la gran burguesía de negocios y los segundos eran hombres de leyes, pequeños comerciantes y artesanos, en realidad no hay que exagerar esta diferencia en cuanto a su reclutamiento.Los "sans cultotes" constituían, por su parte, un grupo heterogéneo y no una clase, en el sentido marxista del término. Ese grupo estaba formado por trabajadores independientes, artesanos y obreros. En definitiva, era como una micro-élite de los barrios de París. Su revolución se unió con la lucha por la lucha por el poder del grupo parlamentario dirigido por Robespierre, lo cual le permitió establecer su dictadura y hacer frente al peligro exterior. Sus aspiraciones fueron traducidas por hombres que habían comprendido sus deseos, pero que no pertenecían a su grupo; un médico, Marat; un abogado de éxito, Robespierre; un desclasado convertido en periodista, Hébert; un sacerdote, Jacques Roux.En cuanto al campesinado, lo primero que habría que saber es hasta qué punto la relación entre los señores propietarios de la tierra y los "tenanciers" (vasallos) era una relación de presión agobiante que afectaba a la vida diaria del campo. Soboul afirma que la existencia del impuesto territorial había dominado generalmente la vida campesina del Antiguo Régimen. Furet, por su parte, cree que el impuesto territorial que pagaban los campesinos y que ingresaban los señores no era el más importante y que fue superado en el siglo XVIII por los impuestos reales.Lo que ocurre en realidad es que, aunque parezca mentira, hay todavía lagunas en la investigación de estas cuestiones, que no permiten a los historiadores llegar a conclusiones ciertas y rigurosas sobre la situación del campesinado francés en este momento. Habría que determinar en primer lugar el número de campesinos sometidos a vasallaje en relación con el número total de trabajadores agrícolas. Después habría que determinar también qué parte de los impuestos del "tenancier" tenía que tributar al señor, en dinero y en especie, qué parte al Estado y qué parte a la Iglesia ("dimes").Hasta ahora se han estudiado casos aislados, pero no se sabe hasta qué punto son representativos. Por otra parte, hay que tener en cuenta que existen limites para una investigación de este tipo, ya que a lo largo de la Revolución se perdió mucha documentación sobre estas cuestiones como consecuencia de los asaltos de los campesinos a las residencias feudales en el verano de 1789 y a raíz de algunos decretos de la Convención en los años 1793 y 1794, en los que se ordenó la destrucción de todos los documentos referentes a derechos feudales.Aun así, contando con estas carencias, podemos saber que, por lo pronto, la abolición de los derechos señoriales por parte de la Asamblea Nacional, el 4 de agosto de 1789, no se realizó por un estallido espontáneo del idealismo por parte de una asamblea compuesta por nobles, clero y burgueses, ansiosos por liberar al oprimido campesinado de sus cargas. Esa abolición fue una medida destinada a limitar y controlar la extendida y alarmante revuelta campesina de la primavera y comienzos del verano de 1789. Que la revuelta campesina iba, por tanto, por otro camino que el de los intereses de la burguesía, lo puso ya de manifiesto el historiador inglés Alfred Cobban (Interpretación social de la Revolución francesa) cuando afirmaba que "La abolición de los derechos señoriales fue obra del campesinado: algo aceptado contra regañadientes, contra la propia voluntad, por los hombres que redactaron los cahiers rurales y urbanos del baillage. Algo que le vino forzado a la Asamblea Nacional por el temor que le inspiraba la misma revuelta de los campesinos... De lo cual se deduce -concluía Cobban- que el derrumbe del feudalismo a manos de la burguesía, reviste en gran medida la apariencia de un mito". Y eso es así, porque la Revolución no fue antifeudal, en el sentido de que lo que quedaba en la Francia de 1789 ya no era exactamente feudalismo; ni burguesa, en cuanto que no la hicieron burgueses en el sentido exacto de la palabra. La tesis parece convincente, aunque puede resultar exagerada.Posteriormente, determinados autores franceses han hecho el mismo reconocimiento, empezando por Furet y Richet y terminando por Emmanuel Leroy Ladurie, para quien "la burguesía que hizo la Revolución no es una clase capitalista de financieros, comerciantes e industriales, que entonces eran apolíticos o aristócratas. La burguesía se componía entonces de oficiales, médicos, intelectuales, cuya misión no podía consistir en alimentar una revolución industrial". Y efectivamente, cada vez se tiende a admitir en mayor grado que la Revolución política retrasó en Francia la revolución industrial, al contrario de lo que pasó en Inglaterra.Así pues, en la burguesía revolucionaria hubo hombres de negocios, pero fueron una minoría. La mayor parte de los hombres que dirigieron la Revolución se reclutó entre los profesionales, los abogados, los médicos, los intelectuales, los funcionarios de la administración territorial o local, y -dado su número en proporción nada despreciable- ex-privilegiados de ideas progresistas. Michel Vovelle, para salvar esta realidad incontestable, introduce un término que intenta obrar de mediador: habla de "burguesía de servicios", que, aunque como simple expediente para resolver el contencioso, puede ser aceptado. Pero Vovelle se siente obligado a retomar, aunque sólo sea parcialmente, la concepción marxista al atribuir a esa burguesía una "posición de dominación económico-social en la esfera de las relaciones sociales capitalistas". Sin embargo, resulta difícil admitir un concepto de plusvalía en los honorarios de un médico o un abogado; más aún en los de un intelectual, y nada digamos ya en los de un funcionario de la administración. Precisamente, muchos de estos burgueses no son explotadores, sino que se sienten explotados o mal pagados: son los "resentidos" de que habla Brinton, o los que "no han llegado" a que se refiere Godechot. Se atribuyen el mérito, no la riqueza. En suma, el eje dominante en los hechos revolucionarios va a estar más o menos controlado por un grupo social e intelectual que prefiguraba lo que en el siglo XIX se llamaría "las capacidades". En él estaba la base del liberalismo histórico que quedaría después de la Revolución.¿Cuál es el balance que puede hacerse hoy de la Revolución francesa de 1789? Lo primero que salta a la vista al manejar la bibliografía a que ha dado lugar la celebración de su bicentenario, es su desmitificación. La Revolución no es ya considerada unánimemente como el hecho más positivo y sobresaliente de la Historia francesa. Incluso la crítica ha llegado a utilizar la palabra genocidio para calificar los efectos que la Revolución tuvo para los franceses que no aceptaron sus postulados. Un millón y medio de muertes, causadas por aquellos acontecimientos. Asimismo se ha llegado a afirmar que la Revolución francesa lo que hizo fue retrasar el avance de la sociedad francesa, que se hubiese producido de forma más rápida y sin sobresaltos de no haberse originado el corte de 1789. Pero hay que entender que todas estas posiciones maximalistas han sido más bien producto de las circunstancias vividas durante la celebración de su doscientos aniversario. Una conmemoración histórica se convirtió también en un debate político y eso hizo que los historiadores se sintiesen llevados a decir cosas nuevas, incluso a costa del rigor y de la objetividad que debe presidir el trabajo científico.Sin embargo, si prescindimos de las modas historiográficas, de la presión a la que en casos como éste se ve sometida la labor del historiador, y nos atenemos al análisis de los hechos, parece claro que la Revolución francesa, vista desde nuestros días, puede ser considerada como un conjunto de realidades entrelazadas entre sí, que altera bruscamente el curso de la Historia y constituye uno de sus episodios más grandiosos y dramáticos. En este sentido, no existe demasiado inconveniente en admitir la existencia de un solo capítulo revolucionario capaz de comprender a todo ese conjunto de hechos relacionados entre sí.Pero si atendemos a sus actores, a las instancias que los mueven y a los objetivos que persiguen, parece inevitable reconocer la existencia de varios hechos revolucionarios, no sólo diferenciados, sino incompatibles entre sí. Que el resultado de todo aquel conjunto de acontecimientos acabara en un tipo de realidades concretas, no es producto de una necesidad histórica, sino que deriva de los aciertos y los errores, o de las fuerzas puestas en juego por la libertad de los hombres.Hubo "deslizamiento" si por tal se entiende que el proceso revolucionario llega a extremos no previstos por sus primeros iniciadores y si las consecuencias últimas no están en relación con las causas que provocaron el desencadenamiento. Ello no impide, en sentido contrario, que unas revoluciones posibiliten o disparen las que les siguen. Muchas de ellas ni hubieran podido plantearse como se plantearon sin la presencia, el ejemplo, o el influjo de otra anterior. No se establece entre ellas una estricta relación de causalidad: sí, a juzgar por el propio desarrollo de los hechos, de ocasionalidad. En esto reside, probablemente, el principal vínculo que las comprende.

    Albert Soboul
    Suresnes, 1911-Nimes, 1982) Historiador francés. Fue secretario general de los Annales Historiques de la Révolution Française. Dedicado al estudio de la sociedad francesa del s. XVIII y de la Revolución, desarrolló la línea de pensamiento de raíz jacobina de J. Jaurès, Mathiez, Lefebvre y Labrousse. Es autor de Historia de la Revolución francesa (1964), Problemas campesinos de la Revolución francesa (1976), Entender la Revolución (1981), entre otros.
    Resumen: La obra de Soboul constituye ya un mito en la historiografía sobre la Revolución...Siguiendo la línea de Jaurès, Sagnac, Mathiez y Georges Lefebvre, Albert Soboul utiliza conceptos y métodos de carácter dialéctico que le sirven para aclarar el fondo socioeconómico del movimiento revolucionario. El papel de los nobles y la aristocracia en general, el movimiento campesino en las zonas rurales, el levantamiento del pueblo en las ciudades y la imposición definitiva de la burguesía como clase social en predominio son fenómenos descritos y analizados a lo largo de estas páginas con una precisión y una claridad que nos parece estar viendo las secuencias casi cinematográficamente. Se ha dicho que la obra de Soboul es una historia socialista de la Revolución francesa; más bien diríamos nosotros que es una historia social en la que se iluminan zonas oscuras de la Revolución, a la luz del examen de las relaciones de producción y de las luchas de clases, del nuevo desarrollo de la agricultura y de las industrias manufactureras, etc. Este enfoque, predominantemente social, permite dar a la Revolución todo su relieve histórico en el progreso de la humanidad, a través del cual vemos el paso de una sociedad de carácter y organización feudal a otra de índole fundamentalmente burguesa.El libro termina con un capítulo importante sobre la Francia contemporánea y el modo como en ellas repercute todavía la influencia de la Revolución en sus estructuras sociales y políticas, con todas sus consecuencias.En suma, se trata de una obra que habrá de gozar del interés no sólo de los estudiosos del pasado, sino de aquellos a quienes preocupa el presente y el porvenir, puesto que en el estudio vivo de aquél podemos vislumbrar la dirección del futuro histórico de la humanidad.

    INTRODUCCIÓN

    Responder a la pregunta "¿Por qué hubo una revolución en Francia?" ha sido una vieja preocupación entre los analistas de este acontecimiento inclusive antes de que Alexis de Tocqueville la formulara con tanta precisión.

    De hecho, ya los protagonistas del proceso revolucionario desarrollaron explicaciones diversas y la historiografía francesa no ha cesado, desde el siglo XIX, de plantear el problema.

    Las tentativas de respuesta han ligado indisolublemente la pregunta de de Tocqueville a una cuestión más general: el carácter y naturaleza de la revolución.

    En realidad, el tema de la Revolución Francesa se convirtió en el problema central de la historiografía en Francia, desde comienzos del siglo XIX, en parte como respuesta a la corriente contrarrevolucionaria, de signo legitimista y católico que triunfó con la Restauración y que acogió la visión de Burke, para quien la revolución había sido el producto de las maquinaciones de unos pocos escritores y "philosophes", a las cuales sucedió la revuelta del "populacho" ignorante.

    "La revolución de 1830
    consagró el 'triunfo de las
    ideas de 1789' y con ella
    se consolidó la
    historiografía liberal cuyas
    primeras obras se habían
    publicado en plena
    Restauración."

    La revolución de 1830 consagró el "triunfo de las ideas de 1789"[1]y con ella se consolidó la historiografía liberal cuyas primeras obras se habían publicado en plena Restauración.[2]

    Ella revalorizó la revolución y la explicó en términos de necesidad histórica, como resultado lógico de la crisis e insuficiencia del Antiguo Régimen, insistiendo en el carácter burgués de la revolución, atribuyendo a la burguesía un papel central en sus orígenes y en su desarrollo. Desde entonces, se han acumulado los estudios dando origen a una bibliografía verdaderamente inagotable. El resultado ha sido el que la Revolución Francesa se ha convertido en uno de los temas más investigados por la historiografía occidental.

    Entre los estudiosos franceses, que con mucho representan la mayor parte de esa tradición historiográfica, la tendencia predominante en sus análisis, fue, desde el siglo XIX, la de privilegiar la interpretación social de la revolución, cual tuvo en Barnave un primer (y autorizado) precedente, con la Introduction a la Révolution Francaise, escrita en 1792.

    Sólidamente fundamentada en la erudición, en un desarrollo constante de la reflexión teórica y en un rigor conceptual creciente, esta tendencia
    se estableció firmemente en la investigación histórica francesa, llegando a constituir una sucesión casi filial que va de Jean Jaures, a Albert Marthiez, a Georges Lefebvre, a Albert Soboul.

    Cada generación de historiadores incorporó nuevos temas, nuevos problemas y nuevos enfoques, en un cuadro cada vez más complejo de las fuerzas sociales actuantes en la revolución.

    De acuerdo con la interpretación social, que Soboul ha denominado clásica, son los antagonismos entre las clases los que explican el origen, el carácter y los resultados de la Revolución Francesa. Esta culminó en una transformación profunda de las estructuras sociales, de signo anti feudal, anti-aristocrático y burgués. Los cambios en el Estado, en la política exterior, en la política económica y social son examinados en directa relación con los cambios en la composición social de los grupos en el poder y de las sucesivas y cambiantes alianzas establecidas (y disueltas) a lo largo del período revolucionario.

    Contra esta tradición historiográfica, se han propuesto desde la década de los cincuenta interpretaciones que la contradicen no sólo en sus fundamentos principales, sino en su mismo planteamiento metodológico general: se cuestiona que el análisis de las clases sea el instrumento real-] mente adecuado para la interpretación de la Revolución Francesa.

    En este ensayo se presentan las respuestas a estos contradictores, por parte de dos historiadores, Albert Soboul y Michel Vovelle, quienes, partiendo de una común formación marxista, pero de campos de investigación distintos, de la historia social, el uno, de la historia de las mentalidades, el otro, han mantenido y sustentado, con evidencias empíricas y con resultados renovados de investigaciones cumplidas o avanzadas la interpretación social de la revolución.

    EN DEFENSA DE LA HISTORIOGRAFÍA CLÁSICA DE LA REVOLUCIÓN

    Albert Soboul, heredero consciente de la historiografía "clásica" de la revolución, discípulo reconocido de Lefebvre e investigador de la historia revolucionaria "desde abajo", a la que consagró su vida académica entera y una voluminosa producción [3], desarrolló en forma sistemática y exhaustiva la crítica de las tesis que él ha denominado "revisionistas", en las que creyó descubrir un factor común: el medio de los sectores sociales dominantes a las revoluciones, en general, y a la Revolución Francesa, como precedente peligroso, en particular, amén de otras motivaciones surgidas de coyunturas políticas determinadas (guerra fría, etc.).

    SOBOUL Y LA TEORÍA ATLÁNTICA

    La crítica a la teoría atlántica u occidental que fuera formulada en la década de los 50, a partir de la obra del historiador norteamericano R.R. Palmer publicada en 1954 y desarrollada en diversos escritos de este autor y del historiador francés Jacques Godechot, se dirige principalmente a rebatir la uniformización de los procesos revolucionarios en una supuesta "gran revolución atlántica". Soboul demuestra cómo el resultado ha sido diluir las peculiaridades del desarrollo de cada uno de esos procesos y desconocer su importancia relativa en el conjunto del desarrollo histórico: es indudable que las repercusiones de la Revolución Francesa han sido mucho mayores que las que tuvo en la historia mundial la revolución de Irlanda, por ejemplo. Los autores de la "teoría atlántica" han incurrido en el error de colocar en un mismo plano procesos de caracteres y consecuencias diferentes, minimizando de esta manera la profundidad de las luchas sociales y políticas de la Revolución Francesa, despojándola de todo contenido específico (anti-feudal y capitalista en lo económico; antiaristocrático y burgués, en lo social).

    "Se cuestiona que el
    análisis de las clases sea el
    instrumento realmente
    adecuado para la
    interpretación de la
    Revolución Francesa."

    "Los autores de la 'teoría atlántica'
    han incurrido en
    el error de colocar en un
    mismo plano procesos de
    caracteres y consecuencias
    diferentes, minimizando de
    esta manera la profundidad
    de las luchas sociales y
    políticas de la Revolución
    Francesa."

    "Si verdaderamente hubo
    una sacudida social y
    política al menos en
    Europa occidental fue
    consecuencia de la conquista revolucionaria
    y del dominio napoleónico."

    Esta tesis niega por otro lado, el carácter nacional de la Revolución Francesa al transformarla en un aspecto más de una revolución occidental. Finalmente, en aras de sostener esta construcción teórica, la de la revolución occidental, extendida sobre Europa y América, se minimiza el hecho de que

    Si verdaderamente hubo una sacudida social y política al menos en Europa occidental fue consecuencia de la conquista revolucionaria y del dominio napoleónico.[4 ]

    La teoría de la revolución occidental o atlántica fue diluyéndose gradualmente, al aproximarse sus autores a la interpretación social propia de la historiografía revolucionaria, sin dejar continuadores en el campo de la historia comparada de las revoluciones [5].

    LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y EL CAPITALISMO EN FRANCIA

    La crítica a la interpretación político-ideológica de la Revolución Francesa, sostenida por los historiadores anglosajones Alfred Cobban, Eliza-beth Eisenstein y George B. Taylor, parte del planteamiento que formulara Georges Lefebvre en respuesta al texto de Cobban The Myth of the French Revolution: se preguntaba entonces (1956) Lefebvre sobre el por qué del crédito a la interpretación mítica de las revoluciones y encontraba la respuesta en la evolución ideológica de las clases dominantes ante el impulso democrático; sintiéndose amenazadas, habrían repudiado la revolución de los antepasados que les aseguraron la preeminencia pero que se constituía en un peligroso precedente de las revoluciones contemporáneas.

    Soboul empieza por señalar que el ataque de Cobban a la caracterización anti feudal de la Revolución Francesa tiene su origen en una definición estrechamente jurídica del feudalismo, que no tiene en cuenta el hecho de que en el siglo XVIII, el concepto de feudalismo involucraba el conjunto del sistema señorial, de tal suerte que, tanto en el lenguaje de los campesinos como en el de los juristas, derechos feudales y derechos señoriales pasaron a constituir una unidad y fue en este sentido que el concepto se transmitió hasta los constituyentes de 1789 que con tanta solemnidad declararon su extinción la noche del 4 de agosto.

    "...lo que aquí nos importa, no es tanto la definición jurídica del feudalismo como su dimensión social; no tanto el sentido que le daban los juristas, sino el que le daban] los campesinos."[6]

    Soboul insiste en la persistencia de las estructuras feudales y su peso económico hacia finales del siglo XVIII y llama la atención sobre la deducción que los derechos feudales representaban sobre el conjunto de la producción (y por consiguiente, la carga con que gravitaban sobre los campesinos) en primer lugar, y la parte de estos derechos en la renta total del señorío, en segundo lugar. Apoyándose en los resultados de las investigaciones cumplidas sobre el tema, Soboul afirma que es posible sostener que la nobleza francesa detraía el tercio de la renta agrícola del país. Esa relación derechos feudales-rentas campesinas es la que explica el comportamiento de los campesinos al final del Antiguo Régimen, en tanto que la relación derechos feudales-renta total del señorío ilustra el comportamiento de la nobleza y explica los motivos de la contrarrevolución.

    En otro sentido, los críticos de la caracterización de la Revolución Francesa como burguesa y capitalista, han basado su interpretación en el examen de la composición social de las asambleas revolucionarias: en ellas, la burguesía capitalista, compuesta de negociantes, banqueros, manufactureros y empresarios era sólo una minoría, mientras que el porcentaje de funcionarios oficiales era muy alto. Esta argumentación, elaborada por Cobban, se complementó con el estudio de Elizabeth Eisenstein que demostraba cómo los protagonistas de las acciones revolucionarias pertenecían a muy diversas categorías sociales, siendo tan sólo una ínfima minoría de activistas de origen burgués. La conclusión a que llegaba el estudio de Eisenstein era no sólo que la burguesía había estado ausente en el movimiento de protesta de 1788 y no desempeñó un papel importante en los acontecimientos y en las reformas de 1789, sino que la iniciativa revolucionaria correspondió a un grupo de intelectuales ilustrados, un grupo de "agitadores" que, aun cuando provenían de órdenes y clases sociales diversos, perseguían unos objetivos políticos comunes; una conclusión bastante parecida a la tesis de Edmund Burke.

    Finalmente, el historiador norteamericano George Taylor encontraba poco demostrable la oposición económica entre la burguesía y otras clases de la sociedad: había identidad en formas de inversión e ideas socioeconómicas entre gran parte de la nobleza y el sector propietario de las clases medias (bien diferente de la clase capitalista por excelencia, la de los empresarios).

    Por consiguiente, lejos de presentar la Revolución Francesa como una lucha entre unas clases que habrían opuesto unas formas diferentes de riqueza y unos intereses económicos distintos, estos autores han elaborado una interpretación jurídica y política de la revolución: un movimiento dirigido mayoritariamente por un grupo de funcionarios, unidos por el común objetivo de la conquista del poder y por una común formación ideológica ilustrada.

    Soboul admite que el papel de los intelectuales y los funcionarios oficiales es fundamental en la maduración y conducción de la revolución pero subraya el hecho de que, si es posible distinguir diversas categorías burguesas, entre las cuales la más progresista fue la de los intelectuales y funcionarios, la burguesía constituía una unidad: si era, de hecho, diversa y múltiple, se distinguía claramente de las otras clases de la sociedad por su estilo de vida, su educación y sobre todo, su fortuna.

    "...no tanto por su volumen como por su origen, su naturaleza, la manera en que era gestionada y gastada"[7]

    "Soboul afirma que es
    posible sostener que la
    nobleza francesa detraía el
    tercio de la renta agrícola
    del país."

    "La iniciativa
    revolucionaria correspondió
    a un grupo de intelectuales
    ilustrados, un grupo de
    'agitadores' que, aun
    cuando provenían de
    órdenes y clases sociales
    diversos, perseguían unos
    objetivos políticos
    comunes.”


    "Los profesionales,
    funcionarios e intelectuales
    se preocuparon muy poco
    por promover el
    capitalismo a través de su
    acción en las asambleas
    revolucionarias.''

    "La Revolución Francesa
    constituye, con las
    revoluciones holandesa e
    inglesa del siglo XVII, la
    coronación de una larga
    evolución económica y
    social que ha hecho de la
    burguesía la dueña del
    mundo."

    También admite Soboul que los profesionales, funcionarios e intelectuales se preocuparon muy poco por promover el capitalismo a través de su acción en las asambleas revolucionarias. Sin embargo, llama la atención sobre la necesidad de tomar en cuenta a los grupos de presión tales como el Club Massiac y los diputados extraordinarios de las manufacturas y del comercio.

    Por otro lado, el carácter social de la revolución no debería establecerse de acuerdo con las intenciones de sus protagonistas, que comprendían una gama muy variada, tanto desde el punto de vista social como del ideológico, sino examinando principalmente sus resultados: "el feudalismo fue abolido, el antiguo sistema de producción destruido, la libertad de empresa y de beneficio establecida sin restricción, abriendo así la vía al capitalismo"[8]

    En realidad, la interpretación de Soboul apela a la continuidad del tiempo histórico. En efecto, siguiendo una concepción discontinua de la historia y parcelándola en un desarrollo episódico, resulta muy lógico concluir que las medidas revolucionarias poco contribuyeron al triunfo de una economía capitalista, en lo inmediato, y que las preocupaciones de los dirigentes de la revolución se orientaron de preferencia, hacia problemas distintos de la elaboración de un proyecto claramente capitalista para Francia, impulsando más bien una política económica que buscaba responder a los apremios de la coyuntura.

    En cambio, si se parte del supuesto de la continuidad del tiempo histórico, como lo hace Soboul, la revolución aparece como un momento en el curso general de la historia del capitalismo y del ascenso de la burguesía al poder y las medidas revolucionarias, como otros tantos avances de ese sistema económico cuyo triunfo se cumplió plenamente durante el siglo XIX. Desde el horizonte de la historia de la Francia del siglo XIX, las medidas del período revolucionario, consolidadas y desarrolladas por el Primer Imperio, aparecen entonces cargadas de porvenir.

    La Revolución Francesa constituye con las revoluciones holandesa e inglesa del siglo XVII, la coronación de una larga evolución económica y] social que ha hecho de la burguesía la dueña del mundo.[9]

    CRITICAS DE SOBOUL A LA CONCEPCIÓN DE FURET Y RICHETI

    La crítica a la teoría de la dualidad de la Revolución Francesa, que opuso' una revolución de la Ilustración, aristocrática y burguesa, de signo progresista, la de 1789, a una revolución popular, violenta y retrógrada,[10] la de 1793, teoría expuesta principalmente en la obra de Furet y Richet publicada en 1965, La Révolution, es sobre todo un ataque a la concepción de lo contingente, el azar y lo irracional como factores de la historia.

    En primer término, Soboul ataca la tesis de la supuesta revolución de las élites que en 1789 habrían llegado a una convergencia táctica contra el absolutismo: en realidad, nos dice Soboul, no había en 1789 una élite francesa unificada y lo menos que puede decirse es que las élites (aristocráticas y burguesas) se dividieron frente al problema del privilegio, volviéndose imposible el compromiso.

    Por otro lado, contra la idea central de Furet y Richet en cuanto el papel unificador de la ideología de la Ilustración, Soboul apela al carácter ambivalente de este movimiento de ideas, cuyos más connotados voceros han proporcionado argumentos tanto a los dirigentes revolucionarios como a los partidarios de la reacción y a los nostálgicos del antiguo orden.

    En tercer lugar, para Soboul, la capacidad de arbitraje y reforma del rey de Francia, a la cual Furet y Richet, apegados a una visión contingente de la historia, asignaron tanta importancia en la determinación del giro de la revolución, era inexistente en las condiciones del estado monárquico del Antiguo Régimen. Un análisis en profundidad de este sistema político revela cómo la alianza entre monarquía y aristocracia era inextricable:

    La monarquía había probado que era el Estado de la aristocracia [11], afirmación que encuentra su prueba no sólo en las declaraciones reales de 1789 en defensa de la sociedad de órdenes y de todo el sistema de privilegios que protegía a la "buena y fiel nobleza" sino en toda la política posterior del rey y la corte para impedir y finalmente aplastar la revolución con el concurso extranjero.

    Por consiguiente, el rey no podía sino inclinarse hacia un solo lado no sólo por falta de capacidad de arbitraje sino por falta de real interés en un supuesto arbitraje.

    "Ni la nobleza ni la monarquía podían, sin negarse a sí mismas, aceptar la supresión del privilegio, cuyo mantenimiento, por otra parte, no podían aceptar las élites burguesas. Una necesidad interna hacía que el enfretamiento fuese ineluctable"[12]

    En cuarto término, la distinción que los autores han hecho entre las tres revoluciones de 1789 y entre éstas y el supuesto resbalón o desviación de 1792 a 1795, es resultado según Soboul, de la introducción de lo contingente y lo irracional en la explicación histórica, de un lado, y de la falta de un análisis minucioso de las estructuras de la sociedad del Antiguo Régimen caracterizadas por el privilegio y el feudalismo, de otro lado. Efectivamente, teniendo en cuenta este último aspecto, resulta evidente la contradicción de la burguesía con todo el fundamento feudal de esa estructura social y su necesidad de alianza con otros sectores para destruirlo. El análisis del tercer estado revela su realidad social múltiple y diversa y permite establecer, en su interior, corrientes específicas y autónomas, hecho que justifica las investigaciones de Lefebvre sobre los campesinos y las del propio Soboul y Georges Rudé sobre los "Sans culottes" y la "muchedumbre" urbana.[13] Sin embargo, esta realidad diversa del tercer estado no permitió, en el estudio de estos movimientos particulares, desconocer su inserción en el curso general de una revolución burguesa. De esta manera la alianza, entre la burguesía opulenta y los "desarrapados"[14] que a Furet y Richet les parecía tan asombrosa e inesperada, es para Soboul perfectamente lógica y explicable en términos históricos: lejos de constituir una desviación o un accidente, la intervención del movimiento popular fue indispensable para el éxito de la revolución liberal iniciada en 1789. En el período 1792-1795 que Soboul caracteriza como "el despotismo de la libertad" fue cuando la burguesía pudo, gracias a la alianza popular, exterminar todas las formas de contrarrevolución y hacer así posible, al fin, el sistema liberal que se afirmó definitivamente después de 1795, para alcanzar su plenitud después de 183O [15]. Dentro de la explicación de Soboul, la guerra no aparece como un mero accidente, debido a un expansionismo pasional de los franceses [16] sino como un resultado de las propias tensiones internas de la revolución a la vez que como un factor dinamizante del proceso revolucionario. Esa relación dialéctica entre guerra y revolución admirablemente desarrollada en su historia de la Revolución Francesa, es un argumento central en la tesis unitaria de la revolución.

    "No había en 1789 una
    élite francesa unificada y lo
    menos que puede decirse
    es que las élites se
    dividieron frente al
    problema del privilegio,

    En 1789 no hubo tres revoluciones, sino una sola, burguesa y liberal, con apoyo popular, particularmente campesino. No hubo desviación, ni deslizamiento de la revolución de 1792 a 1794, sino la voluntad de la burguesía revolucionaria de mantener la cohesión del tercer estado, gracias a la alianza con las masas populares, sin cuyo sostén las adquisiciones de 1789 hubieran sido comprometidas para siempre. El año II no fue "un tiempo de desamparo", sino un momento de radicalización necesaria para asegurar la victoria sobre la contrarrevolución y la coalición y por consiguiente la victoria de la revolución burguesa [17]

    "El análisis del tercer
    estado revela su realidad
    social múltiple y diversa y permite establecer, en su
    interior, corrientes específicas y autónomas."

    Ni tampoco la movilización de los sectores populares, apremiados por la cuestión del pan cotidiano, es para Soboul un accidente, una respuesta irracional y violenta ante el mito del complot aristocrático sino un movimiento con motivaciones específicas, ligadas a las condiciones económicas generadas por la crisis y agravadas por la guerra.

    De manera que la ruptura con la estructura del Antiguo Régimen que provocaron los acontecimientos de 1789, se desarrolló y se configuró como un nuevo orden bajo el gobierno revolucionario del año II. El sentido revolucionario de la Revolución Francesa radica, precisamente, en esa instauración de un orden nuevo, diferente esencialmente del precedente, proceso que superó con mucho los cambios en el gobierno y que involucró la destrucción de las antiguas relaciones sociales: es en este sentido que Soboul reclama la noción de revolución para el caso francés, rechazando los conceptos de reforma o transición con los que ha intentado rotularse los acontecimientos posteriores a 1789.

    Por consiguiente, revolución: transformación radical de las relaciones sociales y de las estructuras políticas sobre los cimientos de un modo de producción renovado [18]

    Explicar la revolución como un momento político clave, dentro de una fase prolongada de transición hacia el capitalismo, que permitió el reajuste político, institucional y la redistribución del poder en beneficio de la burguesía para adecuar el sistema político a un equilibrio ya capitalista implica dejar sin explicación el por qué de la revolución como cambio violento y total, sostiene Soboul.

    Siguiendo el planteamiento de Marx acerca de las vías de la transición del feudalismo al capitalismo, establece que en Francia se cumplió "la vía realmente revolucionaria" tal como Marx la definió, en la medida en la que la Revolución tuvo como consecuencia final la subordinación del capital comercial (ligado a la alta burguesía, a su vez aliada a la oligarquía de grandes propietarios feudales) al capital productivo.

    De este análisis se desprende una importante conclusión que articula, como un eje, la obra entera de Soboul sobre la Revolución Francesa:

    "En ese sentido, el elemento motor de la revolución se encontró entre los artesanos y campesinos independientes, pequeños y medianos productores, en una palabra en la pequeña y media burguesía, y no en la alta burguesía más o menos coaligada con el poder del Estado absolutista, gentes de finanzas, grandes negociantes, fabricantes, empresarios. Históricamente, este antagonismo se concretó en la oposición entre jacobinos y montañeses, por una parte, por otra monárquicos, luego feuillants, por último girondinos, unos y otros inclinados siempre al compromiso con la aristocracia" [19]

    Al suprimir los derechos feudales, la revolución liberó a los productores directos, los pequeños y medianos productores, comerciantes a partir de entonces independientes, asegurando así la autonomía de la producción capitalista, creando las condiciones necesarias para la formación del capital productivo. En este sentido, son, en el análisis de Soboul, especialmente relevantes estas medidas revolucionarias: la afirmación de la concepción burguesa de la propiedad, la supresión de los derechos feudales, los diezmos eclesiásticos, las obligaciones comunitarias, los monopolios corporativos, los privilegios de las grandes compañías de comercio colonial, la libertad económica definida por el artículo 17 de la declaración de derechos de 1793, la ley Le Chapelier, de larga vigencia en la historia de las relaciones del "capital" y el "trabajo" en Francia, que prohibía las coaliciones obreras y las huelgas y fundaba un individualismo social igualitario [20], la unificación del mercado nacional que, al tiempo que destruía la organización institucional del estado del Antiguo Régimen, eliminaba las autonomías y particularismos provinciales y locales, racionalizaba la economía e impulsaba la libre competencia [21].

    "En 1789 no hubo tres
    revoluciones sino una sola,
    burguesa y liberal, con
    apoyo popular,
    particularmente
    campesino."

    Sin embargo, Soboul reconoce que los progresos del capitalismo fueron lentos durante el período revolucionario, que la dimensión de las empresas siguió siendo modesta y el capital comercial preponderante, porque el tránsito al capitalismo no es un proceso simple [22].

    En otra de sus obras [23], Soboul estudia el período napoleónico y muestra cómo se cumplieron entonces avances realmente importantes en la transición hacia el capitalismo, cuyo pleno dominio de la economía francesa se consumó apenas bajo el segundo Imperio, según acuerdo general de los historiadores del siglo XIX francés. El predominio de la renta en especie en Francia, explicaría en parte, para Soboul, la evolución más lenta hacia el capitalismo en comparación con Inglaterra.

    "El predominio de la renta
    en especie en Francia,
    explicaría en parte, para
    Soboul, la evolución más
    lenta hacia el capitalismo
    en comparación con
    Inglaterra."

    Finalmente, ante la cuestión de por qué en Francia se adoptó la vía realmente revolucionaria y no la del compromiso, Soboul encuentra la respuesta en la obstinada negativa de la aristocracia, empeñada en la defensa de sus privilegios, opuesta a toda concesión a la burguesía ascendente y a las masas rurales. La burguesía, que "no había deseado la ruina de la aristocracia", tuvo que proseguir hasta el fin la destrucción del orden antiguo, presionada por la contrarrevolución y la guerra, aliándose con las masas urbanas y rurales. De hecho, Soboul señala que los motines campesinos apenas cesaron de 1789 a 1792 y hasta el verano de 1793, hasta la abolición definitiva de los derechos feudales decretada finalmente mediante la ley del 17 de julio"[24]

    En otro orden, esta interpretación revolucionaria de la Revolución Francesa, se complementa con otra idea básica en la obra de Soboul, la especificidad de la Revolución Francesa. Los estudios cumplidos sobre las revoluciones burguesas de los Países Bajos, Inglaterra y los Estados Unidos proporcionan a Soboul elementos para construir un cuadro comparativo que apoya esta idea. Los hechos principales que permiten afirmar esa especificidad serían:

    1. La ausencia de un compromiso entre la burguesía y la aristocracia a la manera del que acabó imponiéndose en Holanda a partir de 1672 o en Inglaterra después de 1689.

    2. El carácter ampliamente burgués y democrático de la Revolución Francesa, en contraste con el restrictivamente burgués de la revolución de Holanda o Inglaterra, país este último en el cual los campesinos no adquirieron ningún dominio sobre la tierra y en el cual la gentry tuvo un papel de primer orden en la organización capitalista de la economía agraria. La Revolución Francesa reivindicó de una manera particular la igualdad de los derechos del hombre mientras que el compromiso de la burguesía y la aristocracia hizo innecesaria a la igualdad en Holanda y en Inglaterra.

    En Francia, la alianza de la burguesía y los sans-culottes impuso la igualdad, la democracia y el sufragio universal, al menos hasta el 9 Thermidor. A partir de esa fecha.

    "pareció proscrita para siempre. Pero permaneció desde entonces en la conciencia de los hombres de nuestro país la convicción de que, sin la igualdad, la libertad no es más que el privilegio de algunos, que libertad e igualdad son inseparables, que la misma igualdad política no es sino una vana apariencia cuando se afirma la desigualdad social [25]".

    3. El carácter universal de la concepción francesa de las libertades, distingue claramente el proceso francés del británico, del holandés y aún del norteamericano, que si bien proclamó en sus declaraciones la universalidad de los derechos del hombre, mantuvo la esclavitud y el régimen censitario del sufragio. En Francia, las libertades no sólo se afirmaron con carácter universal, sino de un modo más radical: se afirmó la libertad de conciencia, se abolió la esclavitud (en 1794).

    4. La formulación de un nuevo derecho internacional, a partir de la concepción universal de los derechos y de la concepción de la nación como asociación voluntaria de ciudadanos libres, es otra originalidad de la Revolución Francesa. Aunque las revoluciones de Holanda, Inglaterra y los Estados Unidos tuvieron un claro sentido nacionalista (afirmar la soberanía y la independencia en Holanda y los Estados Unidos, fortalecer la nación y conferirle una posición dirigente en el mundo en Inglaterra) sólo en Francia la revolución produjo una teoría de la nación.

    Por último, en su fundamentación de la interpretación social de la revolución como análisis global del proceso, Soboul reivindica un principio que resulta básico en el método histórico: la Historia total como horizonte necesario de las historias parciales, de los estudios sobre sectores particulares. Lo contrario, conduce a fragmentaciones episódicas, a demostraciones empíricas sobre hechos particulares desvinculados de la totalidad y a la incapacidad para construir una explicación racional de la historia.

    "Soboul reivindica un
    principio que resulta básico
    en el método histórico: la
    Historia total como
    horizonte necesario de las
    historias parciales de los
    estudios sobre sectores
    particularmente.''

    VOVELLE Y LA MENTALIDAD REVOLUCIONARIA

    Michel Vovelle, historiador marxista consagrado al estudio de las mentalidades, ha aportado nuevos elementos a la sustentación de la interpretación social de la Revolución Francesa. Su obra La caída de la monarquía se sitúa en la misma línea de las obras de Soboul, no sin dejar de señalar los numerosos problemas que aún existen, el estado embrionario de la investigación sobre varios aspectos cruciales para la interpretación de la Revolución Francesa.

    Para Vovelle es claro el carácter burgués de la Revolución Francesa y la importancia de ésta como fenómeno de ruptura radical con las estructuras del pasado, de destrucción del Antiguo Régimen.

    A la vista de las contradicciones internas descubiertas en el sistema se tiene la sospecha de que el Antiguo Régimen no murió por accidente. Las crisis y el endurecimiento del sistema "feudal", las resquebrajaduras en | el edificio de la sociedad de órdenes, las imperfecciones vividas o los valores rechazados del sistema absolutista, adquirieron sólo fuerza relevante en el momento en que, a consecuencia de la evolución de las fuerzas] y de las relaciones de producción, otra Francia empezó a ver la luz [26]

    "Para Vovelle es claro el
    carácter burgués de la
    Revolución Francesa y la
    importancia de ésta como
    fenómeno de ruptura
    radical con las estructuras
    del pasado, de destrucción
    del Antiguo Régimen."

    Ante la discusión acerca de la propiedad o no de la caracterización feudal del Antiguo Régimen, Vovelle acoge la argumentación de Soboul acerca del concepto de feudalismo vigente en el siglo XVIII y demuestra cómo, no sólo el feudalismo seguía dominando indiscutiblemente en Francia, sino que enfrentó a la nobleza con los campesinos y la burguesía. Siguiendo los estudios avanzados por Sagnac [27] y continuados por investigadores posteriores, Vovelle atribuye especial importancia a las consecuencias de la reacción señorial, desarrollada en la segunda mitad del siglo XVIII: la refección, por parte de una nobleza empeñada en rehacer o fortalecer su base económica de libros y planos del suelo con el fin de actualizar los valores del tributo campesino, el restablecimiento de derechos señoriales caídos en desuso incrementaron la carga sobre los campesinos, haciendo particularmente odioso el conjunto de obligaciones feudales; las operaciones de selección y cercamiento de las propiedades y el comienzo de un reparto de los bienes comunales implicaban un real ataque a la propiedad y al sistema de la economía campesina, muy dependiente del uso de esas tierras comunales; finalmente, el sistema de los grandes arriendos que introdujo un elemento nuevo en el campo, el arrendatario general, el cual arrendaba la percepción de las rentas de una aristocracia ausentista, levantó en general la resistencia en el campo; por todo ello el régimen feudal aparecía cada vez más oneroso y detestable a los ojos de los campesinos que pasaron a enfrentar un sistema de dominación revigorizado. Son estas las condiciones que explican la intervención del movimiento rural en el período revolucionario y las que dan sentido a las medidas antifeudales de la revolución que golpearon a una nobleza que representaba el núcleo de la clase rentista y el mayor beneficiario del tributo feudal.

    En lo que tiene que ver con el enfrentamiento que estas condiciones despertaron en la burguesía, Vovelle analiza las consecuencias que para ésta trajo una política dirigida a poner fin a lo que el conde de Saint-Simón había denominado "reinado de vil burguesía". Esta reacción aristocrática se tradujo en la exclusión sistemática de los burgueses de los altos cargos oficiales, de las jerarquías superiores de la Iglesia y de los mandos militares (Edicto de Segur), con lo cual se clausuraron las vías más importantes para la movilidad ascendente. Dentro de este marco se ubica lógicamente el papel revolucionario de la burguesía: ella tomó la iniciativa revolucionaria en un movimiento de agresividad por frustración ante una sociedad que no le concedía el lugar que reclamaba. El análisis de su composición como clase no sólo aporta en Vovelle la demostración del carácter burgués de la revolución, sino la identificación de sus sectores de avanzada y de proyección hacia el porvenir. Vovelle parte de una definición de burguesía que, con el carácter de hipótesis de trabajo, responde a las objeciones formuladas por los historiadores anglosajones a la caracterización de la Revolución Francesa como revolución burguesa.

    La clase cuyo estatuto jurídico se definía por ser plebe y que, en el campo y la ciudad, agrupaba a todos aquellos que se situaban en posición de dominación económico-social en la esfera de las relaciones sociales capitalistas... antagonista de los privilegiados no comprometidos en estas mismas relaciones en la medida en que postulaba esta consciente o inconscientemente otro aparato de Estado y a la larga (con desfase) otro marco productivo [28].

    "La burguesía tomó
    la iniciativa revolucionaria en
    un movimiento de
    agresividad por frustración
    ante una sociedad que no
    le concedía el lugar que
    reclamaba.”

    Vovelle, establece que esta burguesía no era, en las postrimerías del Antiguo Régimen, ni mayoritaria ni triunfadora: estaba limitada por la importancia todavía esencial de las clases cuya ganancia no procedía del beneficio sino de la renta y en las cuales las relaciones no estaban en absoluto regidas por el libre contrato sino por diversos lazos de dependencia y por estructuras jerarquizadas y codificadas de las cuales la sociedad de órdenes era una concreción. Dentro de esta burguesía, Vovelle distingue diversas categorías, desde la "burguesía auténtica" hasta los diversos tipos mixtos o ambiguos. En la primera, aglutina varios tipos: los financieros; los banqueros de "tipo moderno" que empezaban a orientar inversiones hacia las empresas industriales, tales como los Mallet, Pérregueux, Hot-tinger, Delessert o Périer; los "marchands" y grandes negociantes, entre los que ocupaban lugar destacado los que controlaban el comercio colonial; los industriales de tipo moderno, muchos de los cuales procedían de la nobleza aunque el predominio burgués era muy grande. Estos eran los antecesores de los "burgueses conquistadores"[29] del siglo XIX.

    Junto a esta burguesía auténtica, se agrupaba una gran variedad de tipos mixtos o fuerzas "híbridas" que combinaban diversas formas de ingresos, grupos insertos estructuralmente en el Antiguo Régimen... pero aptos, al mismo tiempo para integrarse en el combate para la destrucción de las antiguas relaciones de clase preexistentes [30]

    Entre éstos sitúa Vovelle a los rentistas y a los profesionales liberales. Con respecto a éstos últimos, que estuvieron en tan alto número en las primeras filas de la Revolución, se hace necesario precisar el grado de sus relaciones con las otras categorías burguesas. Ha sido una pieza clave en la argumentación de los historiadores anglosajones para cuestionar el carácter burgués de la Revolución, el hecho de que en las asambleas revolucionarias los profesionales liberales, en especial abogados y notarios, tuvieron un elevado porcentaje. Vovelle presenta en su obra varios ejemplos de la vinculación de muchos de estos profesionales con los sectores de la burguesía auténtica: los dirigentes girondinos, tan ligados con el sector financiero; o Barnave, el abogado delfines que asumió conjuntamente con Lameth en la Asamblea Nacional la defensa de los intereses ligados al comercio antillano en los debates de 1791 en torno al régimen colonial y contra las reivindicaciones de los libres de color.

    Además, sólo una parte de este grupo podía cumplir hasta en sus últimos términos la evolución ascedente, dentro del Antiguo Régimen: la casta parlamentaria.

    Para la mayoría, la reivindicación burguesa de la destrucción del Antiguo Régimen social y político era tanto más seductora cuanto que no tenía nada que perder y mucho que ganar [31]

    Examinadas dentro del contexto de la evolución de las fuerzas productivas, las categorías de la burguesía auténtica, resaltan como la fuerza de avanzada. El capital comercial atacaba ya muy ampliamente al mundo artesano y en el medio rural se extendía el área de una agricultura evolucionada y un campesinado diferenciado al que acompañaban los progresos del individualismo agrario.

    Vovelle avanza una comparación entre el índice de crecimiento en la producción agrícola y el del comercio y la industria. Sin dejar de señalar el carácter novedoso de la investigación en este campo, las carencias de fuentes para muchos sectores y las desigualdades regionales, cifra en un 20% aproximadamente el índice de crecimiento agrícola en tanto que el comercio (en términos globales) presentaba, entre 1720 y 1789, un alza del 400 al 450% dentro de él, el negocio antillano se colocaba, con mucho en un destacado primer lugar ya que se había decuplicado: en la industria, el crecimiento era notable, aunque diferenciado por sectores: 61% en la pañería, 80% en la lencería,200% en la fundición, 300% en la metalurgia. [32]

    La masa metálica circulante habría pasado, en el transcurso del siglo, de 700 millones de libras a unos dos mil millones aproximadamente. Ahora bien, comparando esta subida del beneficio con la que se experimentaba en la renta de la tierra, Vovelle demuestra cómo, si bien la aristocracia se beneficiaba de una ganancia en aumento, en términos relativos, se eclipsaba frente a la burguesía productiva en cuanto al índice y al ritmo del enriquecimiento, al tiempo que las necesidades de consumo impuestas por el tren de vida noble se confrontaban con el ascenso constante de los precios. La oposición de la aristocracia a la monarquía desde 1787 y su participación en el proceso revolucionario sería consecuencia, para Vovelle, de una reacción ante el peligro del desclasamiento.

    A su vez, el análisis de la estructura política revela a Vovelle la imposibilidad de una política de reformas según el modelo del despotismo ilustrado: la abigarrada estructura del Estado francés bajo el Antiguo Régimen hacía pesado e ineficiente el funcionamiento del sistema y creaba serias limitaciones al efectivo ejercicio del poder, los privilegios de la aristocracia íntimamente imbricados con la monarquía, hacían impensable un "arbitraje real".


    "La abigarrada estructura
    del Estado francés bajo el
    Antiguo Régimen hacía
    pesado e ineficiente el
    funcionamiento del sistema
    y creaba serias limitaciones
    al efectivo ejercicio del
    poder: era impensable un
    'arbitraje real."

    Se ha escrito mucho sobre la importancia y la realidad de la elección que tenia abierta todavía la monarquía en aquel estadio del enfrentamiento. Quizá si hubiera tomado la palabra a los notables y hubiera apostado por la burguesía contra los privilegiados, el régimen se hubiera salvado. Pero es éste un falso problema de reconstrucción histórica, pues supone como reales las posibilidades de arbitraje de un sistema ligado a las antiguas estructuras [33]

    Pero además, en el curso mismo de la revolución, la afirmación de las fuerzas políticas revela cuan ilusorio era el arbitraje: la posición de la corona y de la mayor parte de la aristocracia bajo el signo de la contrarrevolución; el cisma religioso y la evolución del clero refractario hacia las filas de la contrarrevolución; la ruptura del partido patriota ante las definiciones constitucionales, el debate sobre las colonias y la política frente al rey después de la fuga frustrada a Varennes son otros tantos factores que explican la inviabilidad del compromiso que de todas maneras buscó con insistencia un sector de la burguesía.

    De la misma manera que Soboul, Vovelle afirma rotundamente la unidad del proceso revolucionario. La distinción establecida por Furet y RI-chet de tres revoluciones autónomas en el verano de 1789 le parece que deforma la realidad. Sin embargo, reconoce que la Revolución no fue en absoluto mono política y se movió en diversos niveles y es necesario todavía precisar las formas de articulación entre unos y otros y explicar los niveles específicos tanto en cuanto a los grupos sociales como en cuanto a las entidades regionales y municipales.

    Con toda seguridad, la unidad del movimiento revolucionario fue, en muchos puntos, muy forzada, pero tampoco podemos hablar de una simple coexistencia, en último caso fortuita, de una futura revolución burguesa y de una rabia inveterada mezcla de motivaciones económicas y de milenarismo nostálgico...[34]

    Vovelle encuentra que, a través de mediaciones muy distintas aparecerían un mismo proyecto y un mismo resultado, la destrucción del Antiguo Régimen social y político. Sin la revolución popular, la revolución burguesa habría fracasado. La insurrección campesina permitió a la burguesía avanzar en la imposición del capitalismo en la economía rural. La revolución de 1789 fue, pues, unitaria y a partir de esta caracterización, carece de sentido hablar de un año feliz, el de 1790. Para Vovelle, este año es más bien un momento de tregua y además, el autor, que es pro-venzal, llama la atención acerca de las distorsiones del análisis exclusivamente parisino de la revolución : la revolución municipal tuvo importancia propia y reivindicaciones específicas y no fue un mero reflejo de la revolución en París. En muchos casos, los movimientos en las provincias se anticiparon a los de la capital

    Precisamente, Vovelle señala que en 1790, si se atiende a la diversa cronología de las revoluciones provinciales, urbanas y rurales, se asiste a un "dinamismo constantemente renovado" que se conjuga con la organización de la contrarrevolución, que se desarrolló paralelamente a la maduración del proceso revolucionario.

    "Sin la revolución popular,
    la revolución burguesa
    habría fracasado."

    Tiempo de desconcierto por la fuerza de los acontecimientos, ya que la aristocracia, al recuperarse, arruinó toda la posibilidad de un compromiso duradero lo cual quita mucha credibilidad a la idea de un "resbalón" ulterior [35].

    En otro orden de cosas, Vovelle cuestiona el concepto de revolución de la élite ilustrada, a la luz de su práctica investigativa en el campo de las mentalidades. Señala cómo el habito de la lectura no estaba tan difundido como se ha afirmado, en qué medida las bibliotecas "ilustradas" correspondían sobre todo a la nobleza y al clero, que componían a su vez la mayoría de los miembros de las academias de provincias, hasta qué punto el nivel de la práctica religiosa separaba a una aristocracia que seguía siendo devota de las categorías plebeyas entre las que progresaba un espíritu laico, precursor de la futura descristianización. De manera que la élite no era homogénea desde el punto de vista cultural. Las "luces" albergaban también el liberalismo aristocrático, hecho más de nostalgias que de esperanzas [36]

    No había comunidad de intereses dentro de la élite, ni un programa político común: por lo tanto, no es posible hablar de una élite revolucionaria.

    Finalmente, un aporte novedoso de la obra de Vovelle ha sido el de la caracterización revolucionaria del movimiento popular en oposición a la tesis pasatista sostenida por Furet y Richet, quienes atribuyeron a campesinos y artesanos, comportamientos "pánicos", posturas milenaristas y en general, un carácter retrógrado por apego a las formas del pasado, en contraste con la burguesía que, en su concepto, encarnaba el progreso.

    En realidad el Gran Miedo permitió la imposición del derecho burgués de la propiedad y trajo como resultado la liberación jurídica del individuo, sin la cual no se entendería la expansión del capitalismo del siglo XIX ni la sociedad de pequeños propietarios que se construyó en Francia con la revolución. Pero además, en el nivel de la cultura, Vovelle descubre el carácter de ruptura, de "acontecimiento fundador" de la revolución y ello no sólo en lo que concierne a la burguesía sino también en las clases populares. En su ponencia presentada en un coloquio de Bam-berg, en 1979, con el título de "La Revolución Francesa ¿acontecimiento necesario o contingente?" [37] Michel Vovelle analizaba la crisis de los valores dominantes bajo el Antiguo Régimen y la elaboración de unos valores y una sensibilidad nuevos, en un período pre-revolucionario que se iniciaría hacia 1750 y la "fundación" de una cultura nueva, revolucionaria, en el curso mismo de la revolución, problema abierto, actualmente, a la investigación sobre las mentalidades. En este sentido, el análisis de Vovelle se aparta radicalmente de toda una historiografía que encontró en las manifestaciones populares durante la revolución rasgos incompatibles con la cultura de las luces, caracteres "pasatistas" arraigados en una tradición de violencia y de "furores" [38]. La violencia, las matanzas del período revolucionario serían, de acuerdo con esta concepción, una "...reconducción de actitudes y gestos cuya monótona repetición podría seguirse regresivamente hasta la Fronda, la Liga..." aun cuando Furet, la proyecte además hacia el futuro y vea en ellas la matriz de todos los gulags.

    "No había comunidad de
    intereses dentro de la élite
    ni un programa político
    común: por lo tanto, no es
    posible hablar de una élite
    revolucionaria."



    Vovelle, en cambio, encuentra en la revolución, la aparición de un nuevo humanismo. A partir de un método que se apoya en el análisis de lo gestual, del lenguaje, de la simbología, de la imaginería, establece el complejo de valores que lo fundamentan: ellos son más el resultado de la creatividad revolucionaria que la herencia del pasado. Entre los valores nuevos, ocupa un lugar determinante la igualdad, proclamada a nivel de discursos, escritos y solemnes declaraciones pero también en las manifestaciones cotidianas: a través del tuteo, la ropa (la generalización del pantalón de los sans-culottes), el gorro frigio y los banquetes fraternales, se expresaba una sensibilidad popular nueva y una doctrina de la igualdad.

    La vigilancia revolucionaria como deber está en la base de la legitimación de la violencia de la política terrorista y de la organización de comités de vigilancia popular; por ella, el ideal ilustrado de filantropía es sustuido por la idea de la violencia necesaria para hacer triunfar los objetivos de la revolución.

    En la formación del sistema de valores revolucionario, jugó un papel muy importante la conciencia de la revolución como acontecimiento de ruptura con el pasado, de advenimiento de una nueva era, de regeneración: en ella se fundan la legitimación del cambio radical que la revolución produce, los nuevos conceptos de dignidad de la persona humana, la voluntad de establecer una nueva medida del tiempo (el calendario revolucionario) y del espacio (el sistema métrico) así como una nueva toponimia (que implica una manera distinta de apropiarse del espacio), una religiosidad nueva con el culto a los mártires revolucionarios, a los héroes niños, a la diosa Razón y con el movimiento descristianizados. La contribución de Vovelle a la crítica de las interpretaciones "pasatista" del movimiento popular, a las tesis del carácter "ciego" y retrógrado, a la imagen del sans-culotte brutal y sanguinario difundida por algunos autores, resulta muy valiosa y permite clarificar la real integración de este movimiento en el curso general del proceso revolucionario dirigido por la burguesía. Desde el estudio de la mentalidad colectiva, Vovelle arriba a la unidad de la revolución, una unidad que sin embargo, sigue planteando problemas a la investigación.

    "Entre los valores nuevos
    ocupa un lugar
    determinante la igualdad,
    proclamada a nivel de
    discursos, escritos y
    solemnes declaraciones
    pero también en las
    manifestaciones
    cotidianas."

    CONCLUSIONES

    Del examen de los trabajos de Soboul y Vovelle, resulta la constatación del carácter problemático de muchos aspectos del proceso revolucionario francés. A pesar del cúmulo realmente impresionante de publicaciones sobre el tema, subsisten muchos vacíos sobre los cuales la investigación deberá empeñarse.

    Vovelle insiste mucho en su obra sobre la necesidad de profundizar en el estudio de los movimientos provinciales, en la medida en que existe un desarrollo desigual en ese campo: regiones que no han sido prácticamente investigadas, otras que lo han sido sólo parcialmente, etc. Subsiste además el problema de la articulación entre estos movimientos y el de la capital, señalado por Vovelle.

    En ese sentido, las investigaciones en el campo de las mentalidades parecen destacar la vitalidad de unas culturas regionales que terminaron siendo arrasadas por la política educativa y lingüística de signo centralizador

    Es importante destacar la cautela de Vovelle y su preocupación por señalar el alcance limitado de muchas conclusiones así como las lagunas que presenta aún la historia revolucionaria: problemas como la historia económica del período, la transformación generada por la venta de los bienes del clero, los niveles y mecanismos de la articulación entre movimiento campesino, movimiento popular urbano y revolución burguesa, etc.

    También Soboul ha señalado el carácter inconcluso de la investigación sobre el movimiento urbano y en su última obra hace una evaluación ordenada de los problemas de método y de fuentes con que habrán de enfrentarse las investigaciones sobre este tema, así como una muy interesante ubicación de aspectos a investigar en ese campo.

    Ambos autores han reforzado la interpretación social y unitaria de la revolución, proporcionando a la vez una rigurosa demostración lógica y una acumulación de evidencias empíricas, difíciles de destruir por sus contradictores.

    Hay, por otro lado, una cuestión de base en este debate sobre la Revolución Francesa y es la que Michel de Certeau planteaba al sostener que el lugar desde el cual escribe el historiador determina sus opciones y sus métodos. El presente, como lo enseñaba Marc Bloch, es el punto de partida de toda investigación sobre el pasado. El caso de la Revolución Francesa es especialmente ilustrativo al respecto. Albert Soboul no oculta que escribe "desde el lugar" de los sans-culottes de París. Para él, la Revolución ha sido el punto de arranque de un largo proceso de luchas populares y la identidad del autor con ellos es explícitamente expuesta:

    La convocatoria de los Estados Generales fue acogida como una "buena nueva" anunciadora de tiempos mejores en los que la existencia estaría más conforme con la justicia. En el año II, el mismo mito y la misma esperanza animaron a los sans-culottes. Han sobrevivido en nuestra historia: son testimonio de ellos, febrero de 1848, marzo de 1871, la primavera de 1936 y mayo de 1968. Viven todavía en el ánima de nuestro pueblo [39]

    Esta afirmación explica claramente la perspectiva del estudio de Soboul que se ha planteado como investigación "desde abajo" del proceso revolucionario.

    En cambio, cuando Francois Furet dice:

    Nuestra época, en la que comienza a esfumarse la fascinación ideológica de la gran revolución...[40] resulta claro que escribe la historia desde otro lugar.


    Coordinadora del Departamento de Historia de la Universidad de los Andes «« Volver[1] Lefebvre Georges. El nacimiento de la historiografía moderna. Barcelona, ediciones Martínez Roca, 1974. Pág. 171 «« Volver

    [2]. Francois Guizot, Historia de la civilización en Francia. Adolphe Thiers. Historia de la Revolución Francesa. Historia del Consulado y del Imperio. Francois-Aguste Mignet. Historia de la Revolución Francesa. Jules Michelet .Historia de la Revolución Francesa. Lamartine. Historia de los girondinos. Edgar Quinet La revolución. Louis Blanc. Historia de la revolución francesa. Alexis de Tocqueville. El Antiguo Régimen y la revolución «« Volver

    [3] Entre sus principales trabajos se encuentran: "Clases and Class Struggle during the French Revolution" en Science and Society. 17:5 (1953): 238-57.

    -"The French Rural Community in the Eighteenth and Nineteenth Centuries" en Past and Present. No. 10 (noviembre 1956): 78-95.

    - La France á la veille de la Revolution. París, SEDES, 1966. Les
    sans-culottes parisiens en Van II. Mouvement populaire et gouvernement révolutionaire, 2juin 1793-9, thermidoran II. París, 1958.

    - Compendio de la historia de la Revolución Francesa. Madrid,
    Teños, 1966. "La historiografía clásica de la Revolución Francesa. En torno a controversias recientes" en Brendler, Gerhard; Kossok, Manfred; Kubler, Jiirgen; Kuttler, Wolfgang; Soboul, Albert; Zeuske, Max. Las Revoluciones burguesas. Barcelona, Crítica,
    1983.

    La France ó la veille de ¡a Revolution: Economie et Société. París Centre de Documentation Universitaire, 1960.

    Le Premier Empire. París, P.U.F., 1973.

    Comprender la Revolución Francesa. Barcelona, Crítica, 1983.

    La Revolución Francesa. Principios ideológicos y protagonistas colectivos. Barcelona, Crítica, 1987. «« Volver

    [4] Soboul. A. La Revolución francesa... pág. 34 «« Volver

    [5] Por ejemplo, en lo que respecta a la historia de las revoluciones de independencia en Hispanoamérica, el eco de la teoría atlántica ha sido más bien débil. En uno de los más importantes estudios de carácter global, la obra del historiador británico John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas 1808-18265 se examinan los movimientos independentistas como expresiones del nacionalismo «« Volver

    [6] Soboul, A. "La historiografía clásica..." op. cit. pág. 171 «« Volver

    [7] Soboul, A. La Revolución Francesa... op. cit. pág. 40 «« Volver

    [8] Ibíd., pág. 42 «« Volver

    [9] Soboul, A. Compendio de la historia. Op. cit., pág. 19. «« Volver

    [10] Soboul admite, sin embargo, que las masas populares adherían a los viejos derechos colectivos que garantizaban su existencia y que se oponían a la libertad económica: si la burguesía capitalista reclamaba la libertad económica, las masas populares campesinas y urbanas afirmaban una mentalidad y un comportamiento precapitalista. Op. cit., pág. 105. «« Volver

    [11] Soboul op. cit., pág. 45. «« Volver

    [12] Soboul, op. cit., pág. 44 «« Volver

    [13] Soboul, Albert. "Lesans-culottesen l'am II" op. cit., Rudé, George. The crowd in the Frenen Revolution. «« Volver

    [14] Término empleado por Soboul para definir los sectores populares en su texto Compendio de Historia de la Revolución Francesa. Madrid. Tecnos, 1966. «« Volver

    [15] Soboul op. cit. pág. 46 «« Volver

    [16] historiografía de las relaciones internacionales en el periodo de la Revolución y el Imperio revela la complejidad de factores que incidieron en la política exterior de los estados, en particular Inglaterra. Véase al respecto la clásica obra de André Fugier en Historia de las Relaciones Internacionales dirigida por Pierre Renouvin. Tomo I, Vol II, Madrid, Aguilar 1967. «« Volver

    [17] Soboul op. cit. pág. 47 «« Volver

    [18] Soboul op. cit. pág. 50 «« Volver

    [19] Soboul, op. cit. pág 55 «« Volver

    [20] Soboul, op. cit. pág. 108 «« Volver

    [21] Sin embargo, la competencia extranjera quedó frenada con la protección aduanera a la producción nacional y se mantuvo el sistema exclusivo para el comercio colonial. «« Volver

    [22] Se necesitó mucho más tiempo aún para que el capitalismo se afirmase definitivamente en Francia. Soboul op. cit., pág. 56. «« Volver

    [23] Le Premier Empire: París, Presses Universitaire de France, 1973 «« Volver

    [24] Soboul op. cit. pág. 56 «« Volver

    [25] Soboul op. cit., pág. 64. Ver cita de Abbé Roouz, pág. 195. La Revolución Francesa, Tecnos. b«« Volver

    [26] Vovelle 1787-1792. Barcelona, Ariel 1959. pág. 54 «« Volver

    [27] Philippe Sagnac: historiador francés clásico, autor entre otros textos de La Fin de l' anden régimen et la Revolución americaine 1763-89 y compilador, en compañía de Louis Halphen, de la colección Peuples et Civilizations. «« Volver

    [28] Vovelle, op. cit., pág. 69. «« Volver

    [29] La expresión es Charles Morazé «« Volver

    [30] Vovelle, op. cit., pág. 73 «« Volver

    [31] Vovelle op. cit., pág. 74. «« Volver

    [32] Ibíd.., pág. 65. «« Volver

    [33] Vovelle, op. cit., pág. 102. «« Volver

    [34] Vovelle, op. cit., pág. 128 «« Volver

    [35] Vovelle, op. cit., pág. 150. «« Volver

    [36] Ibíd.., pág. 94. «« Volver

    [37] Éste texto ha sido publicado en la obra de Michael Vovelle Ideologías y mentalidades. Barcelona, Ariel, 1985. pág, 293. «« Volver

    [38] El término pertenece a Roland Mousnier. «« Volver

    [39] Soboul. La Revolución francesa... p. 12 «« Volver

    [40] Furet Francois. "La Francia Revolucionaria". México. Siglo XXI, 1982 [/b]





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    Última edición por Schmetterling; 10/12/2009 a las 23:08

  2. #2
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    Respuesta: Albert Soboul . Historia de la Revolución Francesa -
    me lo llevo.
    Salu2

  3. #3
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    Muchas, muchas gracias!! que aportaso!!

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